La Ciénaga de Ayapel se nos muere

En la región caribeña de Córdoba se esconde una tierra de legendarias historias de pescadores. Se trata del municipio de Ayapel, un lugar donde el bocachico, el bagre, el coroncoro, la dorada, la picúa e incluso el sábalo, eran atrapados por aquellos hombres que con sus chinchorros recorrían la vasta depresión momposina en busca del producto insignia de la región.

Por años, estos peces inundaron las aguas de la Ciénaga (la más importante de Colombia después de la Ciénaga Grande de Santa Marta), acompañados también por águilas, babillas, caimanes, pisingos, garzas morenas, patos reales, ponches, hicoteas, chigüiros y patos rosados.

Hoy, sus aguas se han pintado de un color terroso que permea hasta lo más profundo del alma de los ayapelenses, poniendo en peligro una cultura construida a partir del aprovechamiento de los recursos naturales.

Siendo lugar de reunión de los ríos Cauca y San Jorge, el complejo cenagoso de Ayapel ha servido por años como corredor fluvial de economías robustas como la de Barranquilla.

Como bien lo narró el escritor José Manuel Solís en su libro “Ayapel mi pueblo”, esta Ciénaga sirvió en tiempos anteriores como punto de conexión entre diferentes lugares de su jurisdicción como San Marcos, Monte Líbano, La Boca de las Mujeres, Las Múcuras, Nechí, El Totumo, Cañafistola, La Flecha, entre otros.

Al estilo de Macondo, esta civilización de agricultores, ganaderos, pescaderos, mineros y comerciantes, se construyó a partir del flujo mismo de la naturaleza. Sin planes ni previsiones los herederos de la cultura Zenú vieron en estas tierras una oportunidad para construir una de las civilizaciones más prosperas de la región.

Así que, como lo hizo José Arcadio Buendía en Cien Años de Soledad, la población se organizó de tal forma “que desde todas (las casas) podía llegarse al río y abastecerse de agua, con igual esfuerzo”.

Así fue, como diría Gabo, que el pueblo macondiano de Ayapel se convirtió en “una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces”, con una fuerza que según sus habitantes nace de una “bendición divina”.

Peces, oro, telas y carne de diversas aves salieron por cantidades industriales de esta Ciénaga, luego de que a mediados del siglo pasado se extendiera la carretera que la conectó con Montería, capital del departamento de Córdoba.

Así entonces, en las memorias desdibujadas de los pescadores más viejos existen aun recuerdos de camiones cargados hasta el techo con bocachico y bagre, que tenían como destino grandes ciudades como Armenia y Bogotá.

Pero actualmente el panorama es muy diferente, el municipio enfrenta una seria problemática ambiental a raíz del auge de la pesca deportiva y comercial sin regulación, la minería ilegal y la deforestación causada por la inundación de 2010 en la que el río Cauca se desvió de su cauce arrasando casi con 50.000 hectáreas de mangle dulce.

“Coroncoro se murio tu mae’, déjala morir”, cantaba irónicamente uno de los asistentes al evento en el que se oficializó la protección internacional de la Ciénaga con el convenio Ramsar de Naciones Unidas.

Este bullerengue de la Niña Emilia, traducida a la actualidad ayapelense, tiene un trasfondo preocupante. Los chinchorros están vacíos por la caída de un imperio pesquero en uno de los puntos de más confluencia fluvial del país.

La pesca deportiva del sábalo, en medio de su travesía de cuento desde las aguas del Caribe para lograr bañarse en el contaminado Cauca y una pesca comercial sin regulación alguna, han hecho que los tiempos de abundancia de la Ciénaga de Ayapel sean solo un recuerdo.

Precisamente este es uno de los puntos cruciales para la restauración del ecosistema, pues hay que “designar algunos espacios donde se debe hacer un manejo diferencial del recurso pesquero”, dijo Jacobo Campuzano, estudiante de la maestría de Ingeniería Ambiental en la Universidad de Antioquia.

El futuro de esta Ciénaga, depende entonces de la voluntad misma de las entidades para hacer pedagogía ambiental y no de la prohibición de practicas milenarias como la pesca, la caza o la minería que están presentes desde la fundación del municipio (cosa que el Convenio Internacional de Ramsar no hace).

Tal como lo dijo en medio de la ceremonia el ministro de Ambiente, Luis Gilberto Murillo, añadir la Ciénaga de Ayapel al Convenio Ramsar pone a Colombia como un referente ambiental en todo Latinoamérica, pero es claro que el camino aún es largo y escabroso.

Los mismos niños de la región lo expresaron en una poesía al final de la ceremonia, honrando la elocuencia y la fuerza de la tradición oral de los Zenú hicieron una advertencia que debería vivir en el pensamiento de todo colombiano: “la Ciénaga (nuestra ciénaga) se nos muere”.

elradarviajero

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